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Checkpoint Kabul


Redacción: Alberto Arce
Fotografía: Ricardo García Vilanova

“Normalmente nos instalamos aquí de 4 a 10 de mañana y de 4 a 10 de la tarde. Pero este es un control móvil. Algunas veces venimos a cualquier hora, para despistar”. Zaher es Teniente porque ha estudiado cinco años –no matiza si en la escuela o en la universidad- y se encuentra al mando de un checkpoint móvil de la policía nacional afgana que se muestra dispuesto a recibir la visita de un periodista extranjero.

El control se compone de dos vehículos con una docena de hombres. El primero, adelantado, ralentiza el tráfico, generando un cuello de botella con varias vallas que abre y cierra rítmicamente. Creando un espacio vacío en el que dos grupos de policías registran siempre dos coches al mismo tiempo. Un último agente trata de agilizar la salida de los coches. Varios uniformados protegen a sus compañeros.

El procedimiento seguido, artesanal y repetitivo, comienza con un agente pidiéndole al conductor que descienda del coche y abra el capó mientras otro controla la documentación y dos más echan un vistazo al interior de vehículo y al maletero. “Registramos los coches en busca de bebidas alcohólicas. Si alguien bebe, normalmente se siente culpable. Cuando le preguntas, puedes detectar en su cara si miente” explica el Teniente Zaher.

“Todavía no hemos detenido a ningún talibán ni hemos encontrado armas pero a veces nos informan de un número de placa concreto o nos dan los rasgos de un suicida. Entonces tratamos de buscarles y ponemos un esfuerzo especial en los registros. Entonces detenemos a alguna persona y se la entregamos a la unidad de investigaciones criminales”.

Las quejas adoptan, en este control policial, más aspecto de tertulia que de relación jerárquica entre civiles y agentes de seguridad. En apenas una hora la unidad que dirige el Teniente Zaher ha discutido sin demasiado ímpetu con dos conductores. Uno llevaba un gran cuchillo en la guantera. El otro simplemente protestaba porque tenía prisa.

Resulta imposible evitar la comparación entre el rigor con el que el Ejército israelí organiza sus checkpoints en los territorios palestinos o con lo sistemático de los registros que los soldados del ejército iraquí someten a los conductores de Bagdad.

La sorpresa proviene del encuentro fortuito con dos hombres malencarados. Mientras el teniente detalla el protocolo de registro de un coche cualquiera sus dos ocupantes comienzan a gritar “Baja la cámara, no nos filmes”. Es complicado entender porqué alguien debería obedecer las órdenes a gritos de dos personas que sólo tras conseguir su objetivo y ante el silencio y la discreta retirada del teniente al mando, se identifican como agentes de la policía secreta y le humillan, avergonzándole y despojándole de cualquier autoridad.

No se retiran sin jactarse “Hoy has aprendido una lección. Quien está realmente al mando”.



“La afganización del conflicto”

Tras varias semanas atravesando a diario el tráfico de Kabul resulta fácil comprobar el escaso rigor con el que funcionan los controles de la policía afganos. Cuando detectan a un extranjero en un vehículo y solicitan su documentación, los policías reaccionan con desgana, como sin saber qué comportamiento adoptar frente a un pasaporte, europeo en este caso. Se despiertan una curiosidad rayana en la broma.

En cambio, mostrar la acreditación de prensa emitida por las tropas internacionales, tan simple de falsificar como el carnet de una biblioteca, convoca inmediatas disculpas a la par que evita cualquier tipo de registro del vehículo.

Es difícil convencerse de que estos checkpoints sean la causa. Pero la ciudad de Kabul vive una calma relativa, convertida en un oasis de paz si se compara con el resto del país. Una tranquilidad que se ve sacudida, no obstante, por ataques periódicos de la insurgencia. Prácticamente cada mes un guesthouse (hotel a la afgana) en el que se alojan extranjeros o una institución oficial, sin distinción entre militares y civiles, ha sufrido ataques, casi siempre suicidas.

El gobierno afgano no ha sido ajeno a los ataques. Celebró en junio una “Jirga de la Paz” en Kabul. Varios hombres que portaban cinturones suicidas lograron lanzar cohetes contra el recinto en el que se concentraban prácticamente todas las personalidades políticas del país.

La insurgencia, que avanza -sin prisa pero sin pausa- no tiene, por tanto, ninguna prisa por negociar nada. El gobierno le propone negociar mientras recibe cohetes y ataques suicidas.

Por otra parte, el pasado julio la OTAN se marcaba como reclutar un ejército afgano de 170.000 miembros y una policía de 134.000 en un país que contaba, hace apenas seis años, con 40.000 soldados y 7.000 policías. Se trata de multiplicar el número de efectivos por veinte, en el caso de la policía. Precisamente para luchar contra esa insurgencia a la que se convoca para entablar negociaciones.

De la eficiencia que puedan alcanzar depende, en gran medida, el calendario de retirada de las tropas internacionales del país. Se ha anunciado su comienzo. De cumplirse, comenzaría en un año. El próximo verano. Se trata de la llamada “afganización” que defiende el presidente de los Estados Unidos. Cuanto antes pueda realizarse la transferencia total de las competencias de seguridad a las fuerzas locales, antes podrá abandonarse una guerra cada vez más impopular.

Su profesionalidad y efectividad dependerá de la capacidad que los instructores extranjeros puedan transmitirles pero también de la lealtad con la que los uniformados la reciban y se muestren dispuestos a servir al gobierno de Karzai, a convertirse en el azote de una insurgencia difícil de considerar como un ente extraño a la población en algunas zonas de Afganistán.

No olvidemos que sus aliados extranjeros han anunciado que tienen prisa por abandonar el país mientras ellos se quedarán para siempre, cara a cara con el enemigo.

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