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Cinema Park


Redacción: Alberto Arce
Fotografía: Ricardo García Vilanova.

Hay un lugar en Kabul que puede considerarse acogedor aún sin depender de la relativa tranquilidad que se alcanza tras los muros, alambradas y hombres armados. Se trata de la céntrica calle Shar-e-now que comienza en el hospital italiano de Emergency y termina cerca del Kabul City Center, donde sirven el mejor café con leche de la ciudad.

Aquí, aunque el asfalto brille por su ausencia, bañando en polvo a todo aquel que ose caminarla, la calle ofrece la posibilidad de comprar una cerveza sin esconderse demasiado o sentarse en la terraza de un restaurante afgano a pie de calle. Auténtica isla de libertad en medio del caos y el peligro que acompañan sin pausa los trayectos por la capital de Afganistán.

Además, en Shar-e-now también es posible ir al cine. Tres sesiones diarias con la mejor oferta de Bollywood en los restos del Cinema Park, un lugar que, pese a todo lo que representa, se cae. No sólo en lo material. También en la actitud de sus responsables, agotados.

Una tarde cualquiera del mes de junio, Parwez, el taquillero, hace recuento de las entradas vendidas. “Déjame mirar, 21 personas en la primera, 18 en la segunda, 10 en la tercera. Hemos vendido 49 entradas en todo el día”. De fondo, suena una versión india de “Love is in the air”.

Parwez sonríe tímido ante la cámara con su pelo teñido, camisa hawaiana y collares modernos. Su espacio de trabajo es un cubículo de apenas un metro por dos. Un auténtico horno de paredes tapizadas con carteles de películas indias antigua. Oscuro. No llega a los 30. “Antes del régimen de los talibanes trabajé dos años en este cine, luego me escondí y ahora llevo ya ocho años. Estoy agradecido al gobierno por darme este trabajo. Siempre quise trabajar en el cine”.

Sus gustos y planteamientos difieren, cuando menos, de los épicos “Cinemas Paradisos” que a cualquier reportero le gustaría encontrar. Cuestión de tiempo y lugar. La realidad no se parece al cine. Si acaso a este cine. “Miro películas americanas. De Jean Claude Van Damme. También de la india. Creo que nunca he vista una película europea. No me interesa. Además aquí no llegan. No tenemos acceso”.

El Cinema Park languidece vacío. Apenas 10 butacas se ocupan en esta sesión. Sobre otras 590 se sienta el vacío de la historia. Los palcos reservados para familias desangelados, abandonados. En desuso. Un intento de entrar en la platea se culmina con un puñetazo que surge de la oscuridad, dedicado al intruso. Otro tópico que se cumple. En una sociedad tan controlada y dependiente de la reputación, la oscuridad y el anonimato sólo ofrecen espacio para las travesuras. La película prácticamente no se oye. Se intuye más que verse.

Jairullah es el gerente del cine. Al igual que el taquillero, hace años que cualquier épica abandonó las paredes de su despacho. “El Cinema Park fue el primer cine de Kabul. Se construyó durante la monarquía de Zaher Sha. Las familias llamaban para reservar entradas. Luego llegaron los muyahidines y la guerra, con su toque de queda. El cine comenzó a vaciarse”.

Suena a historia repetida. A fórmula. “El día que los talibanes llegaron, escapamos. Sólo se quedó el conserje. Trataron de convertir el cine en una escuela islámica pero no fueron capaces. Lo dejaron vacío. Rompieron los proyectores y destruyeron las películas que encontraron”.

De los destrozos dan fe el proyeccionista y la arqueología industrial con la que trabaja. Muchos museos estarían encantados de poder mostrar las máquinas con las que los fotogramas vuelan en dirección a la pantalla. Enfermos crónicos. En cuidados intensivos permanentes. Pero sin la belleza del cine en blanco y negro. Con el sudor de un verano afgano y el ruido de los generadores de electricidad. ¿Volverán los talibanes?. Se ríe. No contesta. Le molestan las preguntas, un minuto de distracción y el celuloide podría salirse de su rail, deteniendo la proyección.



Jairullah no es Totó.

El Gerente Jairullah no esconde su cansancio. “No me interesa el cine en absoluto. Soy un simple funcionario de la dirección de asuntos culturales de la alcaldía de Kabul. Ya he transmitido que para mí no es conveniente continuar trabajando aquí. Ninguno de mis vecinos sabe que soy gerente de un cine”.

Los extranjeros siempre le preguntan por el papel del cine y su función como símbolo de la cultura y la libertad ante los talibanes. “Si las tropas extranjera se retiran de la frontera con Pakistan, los talibanes regresarían a Kabul y el cine se cerraría de nuevo”. Sin más. Replica cansado. Jairullah no puede entender la fijación que tenemos los extranjeros por algo tan poco importante como el cine.

Quizás ni siquiera sea necesario esperar. Lo que la violencia no consiguió borrar de la calle Shar-E-now podría desaparecer por ausencia de público. Así de simple. Un cierre tan evidente, compartido más allá de las fronteras y poco cinematográfico como la desgana con la que sus trabajadores bostezan durante una jornada laboral en soledad. Sin colas, niños ni familias que disfruten de la pantalla grande.

“¿No ves que no tenemos clientes?”. Concluye Jairullah. “No entiendo por que este cine continua abierto. Estuvo a punto de cerrarse para siempre pero una mujer norteamericana vino y aportó el dinero necesario para repararlo”.

Los extranjeros, siempre los extranjeros.

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