Redacción: Alberto Arce
Fotografía: Ricardo García Vilanova
“La solución militar no es la solución que mejorará la vida de los afganos”. Así se expresa Sagar Malé. Sin atisbo de duda y dispuesto a reforzar su punto de vista con sólidos argumentos.
Abderraman Sarjan piensa, en la misma dirección, que “los talibanes y los militantes de Hezb-i-islami son cada vez más numerosos y están mejor armados. Nunca se rendirán. Es necesario darles su silla en el gobierno. Es la única salida. Negociar y repartir las sillas y las provincias con ellos”.
Lo sorprendente es que este cooperante barcelonés -Sagar es miembro de la Junta Directiva de Asdha, (Asociación por los Derechos Humanos en Afganistán) coincida en sus conclusiones con el General Sarjan, que acaba de ser nombrado máximo responsable de la policía afgana en la Provincia de Kunduz.
Abderrahman Sarjan pese a su juventud -tiene tan sólo 43 años- ha participado en todas las guerras que han destruido Afganistán a lo largo de los últimos 27 años. Reconoce abiertamente que el gobierno afgano y sus aliados han perdido momentáneamente la batalla. Que ni la demostración de fuerza ni la estrategia de las tropas internacionales son suficientes para ganar la guerra. Que el despliegue militar es, además, inútil.
Sarjan afirma que no se puede luchar militarmente contra los talibanes porque se encuentran extendidos a través del territorio. En los pueblos, en las casas, entre las familias. Se pregunta “No entiendo qué hemos hecho mal para que los habitantes de las provincias no estén con nosotros. Ellos han sido capaces de llegar a la población mucho mejor que nosotros”.
Y Sagar contradice, después de sus 7 años realizando viajes al país, las versiones oficiales, devolviendo el foco al origen de la intervención. En su opinión “el futuro de Afganistán no pinta bien. Sin ir más lejos, el despliegue de la presencia militar extranjera, desde su origen, no tiene como centro de atención la seguridad de los afganos sino la de la comunidad internacional”.
Existen aún más similitudes entre el planteamiento de la organización a la que pertenece Sagar -que acaba de lanzar la campaña “Lo tienes que parar” con el objetivo de cuestionar la participación de presuntos criminales de guerra en el parlamento y el gobierno afganos- y el análisis del General Sarjan.
“Si nos remontamos a alguna de las causas esgrimidas para invadir el país, hace ya 9 años, la situación de las mujeres no ha mejorado sustancialmente pese a lo que digan las leyes y enuncien los miembros del gobierno afgano”. Sagar considera que no se han logrado los objetivos enunciados por la intervención militar. Quizás no se buscasen.
Al igual que sucedió con las armas de destrucción masiva que nunca aparecieron en Irak, la eliminación de Al Qaeda parece haber mutado en simple desplazamiento de sus centros operacionales y líderes al otro lado de la frontera. La lucha contra la insurgencia, liberar a los afganos del terror se presenta como un desiderátum lejano de la realidad, una arcadia sobre el papel sin traducción en la vida diaria de un afgano más allá de Kabul.
Sarjan no duda -ya sea por hacerse el interesante o reflejar la realidad- en expresar sin atisbo de vergüenza o problema, que la dirección de Al Qaeda escapó del país ante sus propios ojos y los de las unidades especiales del ejército norteamericano. En dirección Pakistán. Con ayuda de los cuerpos de seguridad de aquel país. En moto, helicóptero o avioneta. El vehículo es la única discrepancia entre las fuentes.
El General asume, con el convencimiento del superviviente de tres guerras, que la estrategia diseñada para luchar contra la insurgencia debe asumir otro enfoque. Quizás influido por las posiciones expresadas por el presidente Karzai. A quien, a fin de cuentas, se debe.
No cabe duda. Un militar afgano que sobrevive en el cargo durante más de dos décadas debe ser un buen discípulo de aquel Ministro inglés que formuló la doctrina del interés nacional en términos que desechan las alianzas eternas o los enemigos de por vida.
Sarjan, que define la situación de su país como “una guerra civil que dura ya 30 años” explica que los talibanes y los señores de la guerra que les apoyan “entendieron que las tropas extranjeras eran débiles y vulnerables, cuando comenzaron a realizar nombramientos para el gobierno de Kabul. No supieron elegir. No supieron entender la política afgana. Se equivocaron de socios. Quienes podían hacerlo fueron asesinados”.
La continua llamada a la negociación que emiten Sarjan y la mayoría de los miembros del stablishment afgano actual no es más que una versión lateral, menos elaborada, del discurso de Sagar y su ong.
O viceversa. “No se ha hecho el más mínimo avance en la construcción de una sociedad civil afgana. La misión militar, o la cooperación oficial entre la Unión Europea o la AECI no está condicionada a bloquear e impedir que los actuales dirigentes de Afganistán sean en una proporción demasiado alta, criminales de guerra con las manos manchadas de sangre” completa Sagar. “Se permite que Karzai apoye a personas con las manos manchadas de sangre. Toda la población lo sabe”.
Dos formulaciones diferentes para una misma idea. Lo que Sarjan denomina “personas incapacitadas para solucionar los problemas internos”, los líderes elegidos por la coalición internacional para dirigir el país podrían ser, simplemente “criminales de guerra”. ¿Es inocente el General Sarjan tras 27 años guerreando?
De ahí que la población no demuestre empatía con ellos y continúe apoyando a la insurgencia. Las sillas a repartir en el gobierno según el planteamiento de Karzai, defendido por el general Sarjan, aparecen convertidas en “un plan de acción política que le devuelva la voz a la sociedad” como diría Sagar Malé.
“¿Qué sociedad?” insiste “Si se han invertido e invierten tantos millones en crear un ejército afgano para librar una guerra perdida ¿por qué no se invierte nada en consolidar a la sociedad civil, actualmente muy debilitada, amenazada o en el exilio, para dinamizar un proceso político que pueda terminar con el ciclo de la violencia?”.
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