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Tormenta de polvo en Kabul


Redacción: Alberto Arce
Fotografía: Ricardo García Vilanova

Desde el aire Afganistán se deja ver tan árido como imaginación y noticias lo representan antes del viaje. Tal y como la realidad lo mostrará una vez comience a caminarse. Inmensas superficies de color arena e incertidumbre -apenas interrumpidas por pequeños valles que serpentean teñidos de verde en los que se concentra la población- preparan con su escasez para los pocos momentos de lucidez en medio de la violencia que algunas conversaciones con los habitantes de este país arrojarán.

El gobierno afgano reitera tras cada asamblea algo que no es noticia: tratará, una vez más, de abrir un canal de negociación con “la insurgencia”, esa nebulosa entidad que ha tratado de asesinar al Presidente mientras se mostraba partidario del diálogo.

Sólo es posible hablar del fracaso total de cualquier esfuerzo por conseguir la paz. En la actualidad y en el pasado. En el futuro próximo. Política o militarmente. Si no sucede algo que modifique el escenario sustancialmente. Afganistán no conocerá la paz en un horizonte previsible.

Ante la negativa a negociar de la mayoría de los actores relevantes en el conflicto interno afgano, especialmente de aquellos que se enfrentan al gobierno, Karzai se enroca en avanzar a toda costa mientras no sólo la insurgencia se niega a dar legitimidad a los esfuerzos del Presidente por abrir un canal de diálogo. La comunidad internacional no comprende las razones por las cuales debería sentarse a dialogar con los talibanes, cara misma de la maldad, motivo de la intervención militar en el país.

Hace tiempo que el gobierno de Karzai pretende negociar con una difusa coalición no coordinada de antiguos señores de la guerra y líderes de la fragmentada resistencia talibán. Karzai pide diálogo y la respuesta que recibe es clara: “sólo con una calendario cerrado de retirada de las tropas extranjeras”.

En tanto eso no suceda- y nada lo apunta a corto plazo- cualquier iniciativa que trate de conseguir la paz, fracasará. Como han fracasado todos los intentos emprendidos desde el comienzo de la invasión y la ya lejana Conferencia de Bonn, que sentó las bases del Afganistán de hoy en día.

No contar entonces con aquellos a quienes se derrocaba provoca que casi una década más tarde Afganistán regrese al mismo punto de partida. Si antes no se quería hablar con talibanes y ciertos señores de la guerra, son ellos ahora los que no quieren hablar, sobrados de fuerza y con menos prisa que Karzai.



¿Quiénes son los enemigos de Karzai?

Esos interlocutores con los cuales se pretende establecer un diálogo, divididos en tres facciones, son cada vez más poderosos. La más importante sería Hizb-i-islami, grupo del paradigmático señor de la guerra Gulbudin Hekmattyar, superviviente de todas las luchas desatadas en Afganistan desde la década de los 70 y travestido desde la izquierda prosoviética hasta recibir millones de dólares de los norteamericanos a través de los servicios secretos saudíes para luchar contra el ejército rojo. Se convirtió en fugaz Primer Ministro durante los años 90 e incluso se reivindica, fanfarrón, como el hombre que ayudó a escapar en su día a Bin Laden.

El segundo grupo en importancia sería el de Sirajuddin Haqqani, representante de la “Shura de Quetta” o “los chicos de Islamabad” como se les conoce en la terminología de la inteligencia norteamericana. Las estructuras tribales pashtunes que lucharon del lado de los muyahidines contra los soviéticos, se aliaron posteriormente con los talibanes y adquieren ahora autonomía frente al tercer grupo.

Llamémosles los talibanes “de toda la vida”. Quizás son el actor más marginal desde el punto de vista cuantitativo, pero los más extendido a lo largo de territorio y al mismo tiempo, el más peligroso desde la percepción occidental.

Liderados por una serie de comandantes jóvenes cuyas identidades cambian continuamente -en caso de que se pueda hablar aún de “los talibanes” como un grupo con objetivos comunes, estrategias similares e interlocución válida y no, con un enfoque más realista, como una serie de grupúsculos autónomos- avanzan provincia a provincia y continúan constituyendo un actor que tiene algo que decir en la política afgana.

Muchas veces finiquitados en la prensa internacional, nunca han sido vencidos totalmente sobre el terreno.

La principal preocupación de los afganos que continúan manteniendo en su agenda la defensa de los derechos humanos y la construcción de un gobierno mínimamente democrático es clara.

Lo primero que desaparecería del escenario político de tener lugar algún pacto con “la insurgencia” es el mínimo avance producido en materia de derechos humanos, imperio de la ley o libertades individuales. Siempre desde la perspectiva más optimista, esa que considera que el país puede haber avanzado significativamente en alguna de esas materias.

El fracaso de la construcción de paz en Afganistán, escenificada exclusivamente por y para grupos que ya estaban de acuerdo antes de comenzar a leer sus discursos y sin la presencia de voces disidentes, no sirve más que para demostrar el fracaso de un gobierno al que cada vez más voces acusan de ilegítimo.

Recordemos que no se celebró segunda vuelta en las últimas elecciones tras la retirada del segundo candidato entre denuncias de fraude y la Constitución afgana no recoge si siquiera la existencia de ese escenario. Hoy sabemos que pese a los esfuerzos de la comunidad internacional, las elecciones en Afganistán no son un factor de estabilización o legitimación para el gobierno.

La insurgencia, que avanza -sin prisa pero sin pausa- no tiene, por tanto, ninguna prisa por negociar nada. Y en algún momento la coalición internacional que lo protege se cansará de que Karzai se desmarque continuamente del “amigo americano” y sus aliados, su único apoyo efectivo, esas tropas internacionales que, pese al constante aumento de tropas y sus continuas ofensivas, tampoco puede anunciar ningún avance militar concreto.

Acabarán por ofrecer un cabeza de turco a quien culpar de su propia incompetencia militar. Tiempo al tiempo. El problema radica en que por ahora no disponen de alternativa a Karzai.

El panorama afgano es tan oscuro como la tormenta de polvo y arena que oscurece Kabul el día después de su penúltima “Asamblea por la paz”.

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