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Empotrados


Redacción: Alberto Arce
Fotografía: Ricardo García Vilanova.

La cita, en una gasolinera. El Comandante Said Mosen ha pasado a recogernos con una puntualidad sorprendente para el entorno, apenas una hora de retraso. Sin preguntar, con la cámara como único visado, salto a la parte trasera y descubierta de una pickup que ocupan seis policías casi adolescentes. Levanto el chaleco antibalas y se lo enseño. Se ríen. Ninguno de ellos lo lleva. Acabará convertido en alfombra sobre la que sentarse. Que al menos sirva de algo si pisamos una mina.

Nos dirigimos a la Mina de Ainak, en la Provincia de Logar. Un recorrido de apenas 100 kilómetros por una carretera que serpentea, rota, entre rocas y montañas para desembocar en la que es, supuestamente, la segunda mina de cobre más importante del mundo. Casi lista para que comience su explotación. Se impone, no obstante, un breve empotramiento previo con la Policía Nacional Afgana.

El acercamiento a las fuerzas de seguridad ha sido posible gracias a una semana de gestiones. Es fruto de esa combinación indisoluble de persistencia y casualidad que se convierte en única metodología posible para el éxito del trabajo.

Un General, vecino en Kabul del traductor que nos acompañará, ha hablado con su hermano, destinado en la unidad que escolta diariamente a los ingenieros chinos que dirigen la exploración del cobre de Ainak.

Una vez gestionado el visto bueno –telefónico- del Comandante de la unidad hemos perdido tres mañanas a través de las diversas dependencias del Ministerio de Interior Afgano sin ninguna suerte. No existe la ventanilla única en el país.

Al cuarto día, el tabaco desatasca la situación, mostrándonos al mismo tiempo quien está realmente al mando. Un cigarrillo aleatoriamente compartido con un Teniente de enlace del ejército norteamericano -militar tan campechano como ejecutivo- termina por convertirse en el camino directo hasta la firma, requisito necesario para el viaje, del Jefe de prensa del Ministerio, el mismo que se negaba a recibirnos hasta que se lo pidió la persona adecuada.

Eso sí, especificando que viajábamos allí a través de un contacto personal, debido a su cercanía con Kabul y sin ningún interés en la mina de los chinos. ¿Qué motivo habría para interesarse en la mina?, ¿Qué sea una empresa china la encargada de la exploración y futura explotación de las reservas de cobre del país?. Por supuesto que no.

Cada vez que un coche se acerca, bocinazos y un arma que apunta directamente contra el vehiculo sospechoso. Aquí cualquiera lo es. Parada a recoger el pan. Las secas miradas del vecindario lo dicen todo. Hemos entrado en zona roja. Transitamos por el centro de un valle y ante el tamaño de las montañas, minúsculo ejemplo de las que se adivinan más cerca del horizonte, es posible hacerse una pequeña idea de la complejidad de la lucha contra la insurgencia. Los policías señalan directamente a una montaña. “Allí es donde están los talibanes”. Parece cerca. “¿Y subís a buscarlos?”, pregunto. “Por supuesto que no”, responden.



Propaganda militar

“Nadie tiene permitido el paso a este valle. Sólo nosotros y los trabajadores de la mina, cuando les escoltamos”. El Capitán Gul, nuestro contacto y guía, es hermano del General Sarjan, vecino a su vez de nuestro traductor. Se toma el viaje con los extranjeros como un entretenimiento y está dispuesto a llevarnos a la mina. Es evidente que su actitud, tan educada con el extranjero como dispuesta a cumplir con el favor que su hermano le ha pedido, no concuerda con la órdenes de los superiores, a los que, no obstante, difícilmente contrariará.

Finalmente, el cuartel al que nos dirigimos. Apenas dos edificios en construcción. Medio centenar de hombres esperan, con el motor encendido y las armas preparadas, la llegada del Comandante y de los extranjeros que le acompañan.

Está todo preparado para un breve empotramiento. El objetivo declarado de este viaje es conocer el trabajo de las fuerzas de seguridad afganas sobre el terreno. El oculto, llegar a la mina de cobre.

Debido al interés estratégico de la explotación y su ubicación geográfica, en una provincia, Logar, que supone la puerta de entrada sur a la ciudad de Kabul y es utilizada por los talibanes para acercarse desde sus feudos del sureste del país, resulta imposible desplazarse por la provincia de Logar si no es bajo la figura del periodista empotrado, que viaja, bebe té y duerme y con las fuerzas de seguridad.

Tras el té, pasamos a una sala, para recibir instrucciones respecto a la operación. Mapa en la pared y el Comandante Said Mosen, palo de madera en mano comienza a dar instrucciones. “Hemos recibido información de que algunos enemigos” (nunca usa el término talibán) “pueden estar escondidos en la zona. Vamos a investigar”. Cuatro suboficiales le escuchan mientras desarrolla su estrategia de despliegue en cadena. Un centenar de hombres se expandirán, caminando en una línea que se ensancha desde la ladera de la montaña hasta el centro del valle para posteriormente, ir estrechando el cerco y envolver, atrapando a quienes se esconden.

Unos 10 vehículos emprenden viaje. Ninguna tensión en el ambiente. Los hombres ponen el pie a tierra en la base de una montaña y comienzan a desplegarse en forma de hoz. “Si los enemigos se encuentran en donde creemos, allí lejos” mientras señala en dirección a ningún sitio “les envolveremos y cerraremos cualquier posibilidad de escape” comienza a explicar el Comandante Mosen.

Tras mucha caminata en formación, bajo un sol aplastante, monte arriba y monte abajo, y pese al atisbo de duda que surge respecto a la ausencia de tensión en las caras y movimientos de los uniformados, la radio informa del arresto de varios insurgentes. Se moviliza un transporte para que los periodistas puedan llegar hasta ellos y filmarlos.

Es evidente que los hombres finalmente detenidos, esposados en el suelo, no son más que policías jóvenes con barba y un pañuelo en la cabeza sustituyendo la gorra reglamentaria. Ni un disparo, ni una carrera. Rápido y limpio. Podría presentarse la escena como exclusiva periodística.

Nadie más que nosotros sabría es cierto o no. Resulta demasiado burda e impostada para los testigos presenciales pero con las cámaras y en la edición se hacen maravillas. Entrevista de rigor.“Muchas veces los enemigos roban o compran uniformes de policía para infiltrarse…”. Puro trámite. La mayoría de los empotramientos se convierten precisamente en esto, una batalla del periodista contra la propaganda militar.

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