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Hel(l)mand Camp


Redacción: Alberto Arce
Fotografía: Ricardo García Vilanova

Cualquiera que supere la rotonda de Chara-i-Qanbar en Kabul, deja a su derecha una inmensa aglomeración de casas de adobe presidida por una fábrica de ladrillos al aire libre en la que varios niños amasan y empacan barro, descalzos. Resulta imposible no percatarse de la anomalía. Unas 750 familias -entre 4000 y 5000 personas- habitan un lugar inmundo, conocido como “Campo de Helmand”.

Demasiado visible, se encuentra al borde del camino. ¿Son refugiados?. ¿Si es así porqué el Alto Comisionado de las Naciones Unidas no se hace cargo de ellos?.

Dos hombres invitan a entrar. Se celebra un funeral. Tras un rezo comienza el recuento de la historia.

- “Me llamo Jan Mohammad, de la Provincia de Helmand, distrito de Sangin. Todas las personas que ves aquí son de las provincias de Helmand y Kandahar. Allí no se puede vivir. Han dejado sus casas, sus tierras, sus negocios”.-¿Debido a la guerra? -, pregunto.
- “Sí, los que teníamos cosechas las vendimos para pagar el viaje hasta Kabul. La situación en Helmand es muy grave. Cuando un talibán dispara, o aunque no dispare, los americanos bombardean”.
– Quieren regresar? -
“No. ¿Cómo vamos a regresar con esa situación?. No estamos locos”.
-  ¿Cuanto tiempo llevan viviendo aquí? -
“Unos dos años y medio”.

Como es habitual en la cultura afgana, es prácticamente imposible recabar detalles. “La paz sólo puede venir a través de la unión entre todo el pueblo afgano. Si tú vas con los tuyos y yo con los míos no arreglaremos nada”. Cuando se le pide un poco más de concreción menciona abiertamente o por elipsis a los actores en conflicto “Nosotros tenemos fe en Dios. Karzai y los extranjeros no. Sólo Dios puede unir de nuevo a los afganos. El Islam es la única salida. Quienes no aceptan el Islam no buscan la paz para este país”.

Los niños se adelantan, espantando a las mujeres a gritos, para salvar el honor de la comunidad. Sus hogares, apenas montones de adobe con plástico como techo. Podría parecer que se han levantado tan solo para mantener a las mujeres escondidas en la oscuridad, al fondo de cada chamizo. Las moscas acompañan la visita. Mantas andrajosas apiladas como único mobiliario. Hacinamiento a la vista. Lo más parecido a vivir a la intemperie que puede imaginarse. Rodeados de ratas y mierda que flotan en los riachuelos que separan cada “casa”.

- Alguien os ayuda? -
“No. Ni el gobierno afgano ni las Naciones Unidas ni las organizaciones internacionales. Algunos comerciantes y hombres de negocios de los alrededores nos dan algo de dinero de vez en cuando. Eso es todo”. Las 750 familias desplazadas de Helmand y Kandahar que viven en pleno Kabul desde hace tres años no reciben ningún tipo de ayuda oficial?. Insisten: “No”.



Antifotoperiodismo. La cara más compleja de los refugiados afganos

Uno de los hombres saca una fotografía arrugada de su bolsillo. En ella puede verse a una niña ensangrentada y tendida en una cama.

“Han sido los americanos. ¿Quieres hablar con ella?”
- ¿Es posible? -
- “Ahora la traemos”.

En menos de diez minutos un hombre se acerca con la niña agarrada por un brazo. El único que le queda. La niña llora. La han traído a la fuerza, no quiere hablar y la misma insistencia que los hombres emplean en mostrar la herida, es la que la niña invierte en taparse. Piden dinero para comprar medicinas. Pura escenificación.

La única salida digna, sobrevenida, para terminar con esta situación es darle el dinero a la niña, pedirle que se vaya y disculparse todas las veces que haga falta. Posteriormente el traductor explicaría que lo más probable es que la niña se haya ganado una paliza y los hombres se hayan quedado con el dinero. No cabe la menor duda.

Al día siguiente, cita con los médicos que trabajan para la Organización Mundial de la Salud. Sin ánimo de reencuentro. Los autodenominados “líderes del campo” ven en nosotros a extranjeros proveedores. En su pobreza, un recurso. Nada más lejos de nuestra intención.

La clínica, apenas un trozo de tela sostenida por cuatro palos. Se corta la tensión con un cuchillo. Hablan un buen rato con el traductor.

- “No son buena gente” nos explica preocupado.
- ¿quiénes? -
- “Los hombres del campo. Los médicos nos dicen que no deberíamos estar aquí, que esos hombres son peligrosos”.
Empezamos bien.

Malaria. Fiebres tifoidales, diarreas. Desnutrición. Falta de saneamiento. Hablan sin moverse. Tiesos. En voz baja. Con miedo. El problema no radica en falta de recursos sino en ausencia de cultura. “Sus tradiciones les impiden seguir las reglas mínimas del saneamiento. No se lavan. No hay limpieza. Se limitan a pedir pastillas y jarabes y creen que así pueden curarse. Cuando se les han entregado potabilizadoras de agua las han vendido. Protestan ante el gobierno. Se quejan ante los vecinos y ante los periodistas. Es su manera de presionar. A nosotros nadie nos hace caso”.

“No olvides las vitaminas para el sexo”. Sorpresa. “Cada hombre tiene dos o tres mujeres y no pueden cumplir con ellas. Vienen a pedirnos lo que ellos llaman “vitaminas para recuperar su fuerza”” – ¿Viagra?. Los médicos sonríen por primera y última vez. No contestan. Mantienen su pudor.
“Si no les damos lo que nos piden nos amenazan y nos pegan. ¿Queréis que llamemos un coche para que venga a buscaros y os saque de aquí?”.

Todo esto por 150 dólares de sueldo.

“Tenemos una consulta en nuestra casa por las tardes. Así llegamos a fin de mes”.

El lugar apropiado para recibir una versión que complete la historia de los desplazados de Helmand es la oficina del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los refugiados en Kabul. Flores y jardín. Café con leche. “Nunca os habría permitido ir allí si hubiese sabido que trabajabas sobre este tema cuando me llamaste por teléfono”. ¿Por qué? “En 2008 una periodista canadiense fue secuestrada en ese lugar. Es peligroso”.[Melissa Jung, 35 años, un mes secuestrada y liberada tras un intercambio de prisioneros entre el gobierno afgano y sus secuestradores, delincuentes comunes].

“Los periodistas no vienen a preguntarnos a nosotros para completar la historia del campo de Helmand. Es un lugar de paso. Muy visible, aparentemente fácil y en malas condiciones. Una gran historia. ¿Para qué contrastar la información?”. No obstante “todo lo que voy a decirte es off the record y no puedes citarme”.

Surgen los matices. “Nosotros creemos que no vienen de dónde dicen. Probablemente sean nómadas. Hace años y guerras que abandonaron sus tierras, viajaron a Pakistán y esperaron allí. Cuando finalmente trataron de regresar al lugar de origen, estaba ocupado por otro clan o simplemente no existía. Se perdieron y recalaron en Kabul. Por varios motivos, desde el acento -sabemos que hay bastantes baluches y kouchis entre ellos- hasta las fechas en las que señalan combates pasando por las contradicciones en los nombres de las aldeas, sabemos que la historia que cuentan no es cierta”.

La naturaleza del desplazamiento en Afganistán es compleja. Entre 4 y 5 millones de personas. ¿Son refugiados los habitantes del Campo de Helmand? Técnicamente no. Se niegan a regresar a su lugar de origen y es imposible verificar de dónde vienen, el motivo por el que huyeron o cuando lo hicieron. Además están adoptando una posición de fuerza. Quieren que el gobierno les ubique y les facilite derecho de propiedad sobre algún lugar en el que establecerse. En Kabul. Mientras tanto, nadie sabe de qué viven esas 5000 personas. “Recuerda, tienen un secuestro a sus espaldas y todo tipo de rumores sobre su relación con la delincuencia organizada” concluye el funcionario.

“Cada periodista indignado por sus pésimas condiciones de vida cree que su deber es avergonzar al gobierno afgano y a las Naciones Unidas por no ocuparse de ellos. La historia es mucho más compleja.”

Lo único cierto en toda esta historia es que una niña ha perdido un brazo.

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