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Kabul addiction


Redacción: Alberto Arce
Fotografía: Ricardo García Vilanova

Ni siquiera en sus adicciones Kabul tiene porque ser diferente de cualquier otra capital del mundo. A pocos metros de la gran mezquita de Eid Gah, en uno de los barrios más céntricos de Kabul, un solar abandonado acoge, apenas se dobla la una esquina, uno de los tantos agujeros negros que oscurecen el paisaje afgano.

Heces, jeringuillas usadas y dos docenas de personas que van y vienen, convertidas en muertos vivientes debido a su adicción a las drogas. Los hombres, de cualquier edad, y casi siempre en grupos de a dos, se cubren con una manta, dignos y pudorosos, mientras queman sus dosis en cuclillas. Hace calor, huele mal y casi nadie tiene tiempo para prestarle atención a un par de intrusos que se adentran en su lugar de consumo.

La primera persona en acercarse parece siempre a punto de caer mientras se tambalea hacia delante pero sin llegar a perder nunca el equilibrio totalmente. Ojos semicerrados, mirada perdida, hilillo de baba, labio inferior inmóvil “yo no soy adicto, busco a mi primo, que fue herido en la guerra y viene aquí para aliviarse, ¿puedes ayudarme?”

Inmediatamente, de entre los bultos que se balancean, surgen dos hombres totalmente lúcidos -acaban de consumir su dosis- que, probablemente movidos por la esperanza de posible propina, se ofrecen a explicar y mostrar lo que sucede. “Esta mañana he venido desde Paghman, sin un céntimo en el bolsillo, suplicando a los conductores que me acercasen. Después de fumar un poco me encuentro bien pero estoy obsesionado con la manera de regresar a casa”.

Tiene 22 años, voz firme, raya al lado, ropa limpia y gestos contenidos. “Comencé a fumar heroína en Irán hace 5 años. Cuando murió mi madre estaba angustiado y triste. Un amigo me trajo aquí. Se me pasó la angustia, pero me enganché”.

Junto a él, un hombre de más edad, comienza a quejarse del contexto “No consumimos productos afganos. Aquí todo se importa desde el extranjero. Lo llaman heroína pero no lo es. Es una especie de pasta ácida que nosotros debemos procesar antes de consumir”.

Como siempre, la carta doblada de la baraja para los débiles. “Nadie nos ayuda y además la policía viene regularmente, nos registra, nos da patadas y nos roba todo lo que tenemos. Cuando no nos pega nos obliga a pagar. Pero a los grandes traficantes nadie les dice nada, continúan sentados en sus despachos del gobierno. Siempre vienen contra los pobres”.

Todos afirman que quieren desintoxicarse. Pero no encuentran el modo. Se queja de que en los hospitales nadie les hace caso. “Tenemos que pagar por un medicamento que nos calme la ansiedad, nos tratan como apestados, nos expulsan, nadie quiere perder el tiempo con nosotros. No sabemos como salir de esto”.



Los centros de rehabilitación, pocos pero efectivos.

Uno de los mayores problemas de Afganistán es su alto nivel de analfabetismo. Se calcula que el 75% de la población no sabe leer ni escribir. Resultaría fácil generar una relación de causa efecto acusando a los adictos de no conocer de la existencia de centros de desintoxicación, o tratar de explicarles la diferencia existente entre las urgencias de un hospital convencional y el centro especializado. Poner la culpa en la víctima nunca ha sido buena estrategia. Al igual que quedarse en sólo en los síntomas visibles sin preguntarse por los orígenes.

Sin dudar de la buena voluntad de las partes implicadas lo cierto es que no llegan a la docena los centros preparados para dar servicio a una parte ínfima de los 700.000 drogadictos que, según las Naciones Unidas, hay en Afganistán hoy en día.

El Doctor Nadir dirige uno de ellos. En el distrito de Jangalak, en Kabul. La modestia del edificio y la ausencia de medios, dignifica aún más la labor de este grupo de médicos. Apenas 60 pacientes, vestidos con monos azules o marrones en función de la fase del tratamiento en que se encuentren, dan vida a un lugar fantasmagórico. Protegidos por soldados armados “para que los traficantes no se acerquen a vender droga a nuestro pacientes”. Sin cristales en muchas de las ventanas, patio trasero lleno de chatarra militar, paredes totalmente vacías y apenas colchones en el suelo y mantas para acoger a los pacientes como único mobiliario.

“¿Dónde se han hecho drogadictos nuestros afganos? Este chico viajó a Irán en perfecto estado, aquel también, aquel también. En el centro no tenemos ningún paciente que comenzase a consumir drogas en Afganistán” afirma el Doctor Nadir.

Se limita, desde su autoridad, a ratificar historias recurrentes “me fui a Irán porque aquí gobernaban los talibanes y no había trabajo, estábamos excavando un pozo en el desierto y mis compañeros me ofrecieron fumar por primera vez”. También se ofrece para completar las frases que algunos de los jóvenes no aciertan más que a esbozar “Durante la guerra contra los talibanes decidí viajar al extranjero. Éramos jóvenes, el trabajo era muy duro, nos pagaban bien allí. Tenía cinco hombres a mi mando y cuando me drogaba no necesitaba ni siquiera detenerme para comer. Me sentía Arnold [Schwarzenegger]”.

Nadie tiene por qué dudar de la versión de los profesionales. Tampoco de la de los adictos. O sí. Desde las lecciones de geoestrategia dictadas por un general hasta el motivo por el cual un adicto se inyecta una dosis de heroína en el centro de Kabul en el verano de 2010, lo cierto es que tres palabras “guerra”, “talibán” y “extranjeros” se convierten en clave recurrente para comprender en este país.

No obstante, las drogas no comenzaron a utilizarse en Afganistán cuando los talibanes tomaron el poder. Ni cuando cientos de miles de afganos se vieron obligados a emigrar y refugiarse en Irán y Pakistán. Cualquier fuente histórica sitúan al país como gran productor y consumidor de opio hace ya más de 1000 años.

El Doctor Abdullah Wardak es Director del departamento de reducción de consumo de drogas del Ministerio de Salud afgano, difícil tarea para un país que produce ¾ partes del opio mundial y cuando se calcula que alrededor del 8% de la población entre 15 y 64 años, según datos de la Agencia de Naciones Unidas es adicta.

En un despacho más que modesto da cuenta de que pese a su dedicación durante más de dos décadas al tratamiento de drogadictos, ha tocado fondo. “Espero dejar este trabajo lo antes lo posible. Mi mujer ha recibido, cartas, visitas cuando yo no estoy en casa.” ¿Por qué? “Por los traficantes. Yo trato de incidir en la disminución de la demanda. Trabajo contra su negocio”. ¿Y el gobierno afgano? “Ellos no pueden protegerse a sí mismos. Nadie puede garantizar ninguna seguridad en Kabul”.

El Doctor Wardak aprovecha la cámara para lanzar un último mensaje “Apelo a la comunidad internacional a que salve mi vida, que se tome en serio mi caso. Necesito, al menos, proteger a mi familia. A mí ya nadie puede protegerme. Sólo la comunidad internacional puede darme una solución, fuera del país”.

Se despide, acompañado de cuatro guardaespaldas.

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